jueves, 14 de mayo de 2015

Memorias en blanco y negro

La novela El metal y la escoria comienza a finales del siglo XIX, cuando Emeterio Celorio salió del pueblo español de Vibaño para “hacer la América” en Ciudad de México. Su nieto, el escritor Gonzalo Celorio usa esta anécdota para indagar en el pasado de la familia de su padre y en esta línea argumental cifra otra, la de su propio pasado reciente: “Conocí a mi abuelo paterno cincuenta y cinco años después de su muerte, la tarde que sepultamos a mi padre”. Este segundo relato avanza desde los primeros recuerdos del autor en el seno de una familia de 12 hijos hasta la vejez, sobre la que parece pesar, irónicamente, una enfermedad que ataca primero a la memoria. “Imaginas que al final acabas por perder tus recuerdos más remotos, en los que cifras tu identidad y a los que te aferras como el exiliado que antes de abandonar el país busca su acta de nacimiento, su certificado de estudios y el retrato de su amada, a la que nunca más volverá a ver”, escribe Celorio casi al final de la novela en la que ha mezclado testimonios de sus hermanos, documentos y fotos de la familia de su padre y retazos de la historia mexicana y española, en un procedimiento parecido al que realizara con el relato de la vida de su madre y sus tías en la novela ambientada en La Habana de mediados del siglo XX. Tres lindas cubanas (2006).
El metal y la escoria
Pero si se tratara solo de un ejercicio de autoficción sería bastante escaso el mérito de esta novela cuyo logro es su entramado narrativo y emotivo entre el pasado remoto y el reciente. A la historia del inmigrante español que pasó de la absoluta miseria a ser el fundador y dueño de un emporio de destilerías se superpone el recuento de la dilapidación que hicieron de esa fortuna sus herederos, los tres hermanos mayores del padre de Gonzalo Celorio, hundidos en vicios como el alcohol, las mujeres y el juego hasta que a cada uno lo alcanzó la muerte, aunque también se sospecha de cierto manejo oscuro de su herencia por el socio de Emeterio, Ricardo del Río. Y con esta línea argumental de aventura y traición se intercala el relato de las vicisitudes de la enorme familia en que se crió el narrador y de la suerte que tuvieron los tres hijos menores de Emeterio, el padre del escritor y sus tres hermanas menores. Una de las anécdotas que da cuenta de la difícil vida familiar del autor es el recuerdo de su inscripción en los boy scouts, para la cual, como su madre no consiguiera una foto suya, lo mandó al grupo con una de su hermano Eduardo, su inmediatamente mayor, en la que aparecía con el pelo al rape porque la tomaron en una época cuando los habían despiojado a todos los chicos, antes de soltarle una frase de brutal sencillez:
“– ¡Pégale esta! (…) Total, todos mis hijos son iguales”.
Y es justamente esa correspondencia con sus hermanos que sus padres siempre auspiciaron lo que permite construir el último y más impactante giro narrativo de El metal y la escoria: el descubrimiento de un narrador sobre el cual podría pesar la sentencia de una enfermedad degenerativa como el Alzheimer, como le ocurriera a su hermano mayor, Benito. “El miedo a peder la memoria te ha llevado a imaginar escenarios futuros escalofriantes”, escribe Gonzalo Celorio: “Y para salir de tu pesadilla, piensas que si escribieras esos espantosos devaneos de tu imaginación y los incorporaras a tu propia novela, quizás podrías conjurar la condición profética que tu angustia les atribuye, porque siempre has creído que la novela, lejos de ser un vaticinio, es un exorcismo. Por eso escribes”.
Aquí que se descubre el motivo que permanecía oculto bajo el entramado de memorias propias y ajenas, quizá el más importante: una batalla eterna contra el olvido, la necesidad de que la novela se convierta también en un artefacto para conjurar la enfermedad porque, aunque se resista a dar respuestas, como llega a escribir en alguna de las 314 páginas del libro editado por Tusquets, son justamente en la búsqueda de esas respuestas en las cuales se le va la vida al narrador.
El metal y la escoria, de esta manera, no se presenta solo como las memorias de una familia rica venida a menos o la supervivencia  de una pobre, sino que vuelve a un tema arquetipal como la lucha del hombre contra sí mismo, contra su propio cuerpo como fuente de sus malestares, representada por la vejez y la falta de memoria. Esta novela es, en otras palabras, las memorias de un hombre –el narrador ficticio que Gonzalo Celorio ha construido– que se está quedando sin memoria.
@michiroche


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