miércoles, 24 de junio de 2015

Lispector, descubierta

Se ha editado Descubrimientos, crónicas (1967-1973), libro que recopila los textos que Clarice Lispector escribió para ratificar su condición de escritora. Claudia Solans en su prólogo escribe: “Textos heterogéneos, muchas veces inclasificables e inesperados, que revelan en cada línea la compleja escritura y personalidad de su autora”.
Descubrimientos
En el libro está una crónica, “La entrevista alegre”, sobre una entrevista que concedió “para ser publicada en uno de los libros de la serie Libro de cabecera de la mujer”. Con soterrada ironía realiza un texto con dos personajes: la joven de nombre Cristina que la entrevista y ella. El tono de simpatía antipática que destila entrelíneas es de una sutileza feroz: “Sus preguntas eran inteligentes y complicadas, casi todas sobre literatura. Dije: pero pensé que lo que le interesaría a la mujer de clase media sería si me gusta comer porotos con arroz”. En otro aparte escribe: “La entrevista comenzó con buen humor. Reímos varias veces. Una de las veces fue cuando preguntó qué pensaba yo de lo que había escrito el crítico Fausto Cunha. Había escrito –yo no lo sabía— que Guimarães Rosa y yo no pasábamos de ser dos embustes. Di una carcajada hasta feliz. Respondí: no leí eso, pero una cosa es cierta: embustes no somos. Podían llamarnos de cualquier forma, pero embustes no. Vamos, Fausto Cunha. Usted, al que conocí en el casamiento de Marly de Oliveira, es incluso simpático, pero qué idea. Vea si piensa un poco más en el asunto. Creo que Guimarães Rosa también reiría”. Lispector dice vengarse al relatar los entretelones de la entrevista y hay un fragmento que  resulta clave: “Cristina me dijo: ‘El crimen no compensa. ¿La literatura compensa?’. De ninguna manera. Escribir es uno de los modos de fracasar. Cristina se sorprendió, me preguntó por qué escribía entonces. Y no supe qué responder”.
La publicación de su primer libro Cerca del corazón salvaje fue toda una odisea. Los críticos, que leyeron los originales, recomendaron a las editoriales no publicarlo. A Lispector no le quedó otra opción que aceptar la propuesta de una editorial incipiente. En el ensayo “Clarice Lispector o la travesía de la infelicidad”, Ledo Ivo escribe que “separada de su marido diplomático, regresó a vivir a Río y, en un ejercicio de supervivencia y afirmación literaria, regresó a la antigua profesión del periodismo(…) A cambio de magras remuneraciones, distribuía sus escritos en diversos periódicos y revistas. Durante un tiempo fue una cronista del Diario de Brasil, al que renunció, sumaria e implacablemente, alegando que sus crónicas no tenían lectores”.
Una noche se quedó dormida y por accidente un cigarrillo entre sus dedos desató un incendio que laceró parte de su cuerpo. Todo esto se fue sumando a su naufragio. Ivo acota: “La otrora bella y deslumbrante Clarice Lispector atravesó su infierno astral. Descendió de su pedestal de princesa de nuestras letras para convertirse en una simple y necesitada pasante, en un mundo cruel e implacable, viviendo escenas de ironía y  humillación. Vestida con ropas provenientes de su viaje por el mundo diplomático, que le conferían un aire inusual y extranjero, como fuera de estación, Clarice Lispector vivió el proceso de su destrucción e infelicidad”.
Uno que anda de jorobado de Notre Dame por la vida percibe ese sitial preponderante que ocupa la belleza en la existencia, pero una belleza cosmética, artificial y que nada tiene que ver con la belleza en el sentido platónico. El diálogo “Fedro” concluye con una plegaria de Sócrates al Dios Pan, pidiendo que le conceda llegar a ser bello por dentro. Lo que pide Sócrates es esa belleza perdurable en contraposición de esa otra fútil y efímera del exterior. Esa belleza interior que permite no sólo obrar con rectitud y justicia, sino que proporciona un perfil de nuestra interioridad, de esa sabiduría interior que sitúa al individuo por encima de esas pasiones confusas (a veces triviales) que a todos parecen acosarnos.
Clarice Lispector no supo responder por qué escribía. Esto es debido, quizá, a que jamás se planteó la escritura como un trabajo, como manera de alcanzar el éxito, sino como una posibilidad de encontrar el espejo de esa belleza interior más perdurable y de más largo aliento a través del tiempo.
Escribir obviedades, con bisuterías orientalistas, como Paulo Coelho y ser éxito de ventas es también una manera de fracasar. Sin duda que en un futuro cercano nadie leerá a Coelho, pero Clarice Lispector seguirá siendo imprescindible. Además ella lo escribió con acertado genio: “Todo lo que aquí escribo está forjado en mi silencio y en la penumbra. Veo poco, casi nada oigo. Me sumerjo por fin en mí hasta la matriz del espíritu que me habita. Mi fuente es oscura. Estoy escribiendo porque no sé qué hacer de mí. Es decir: no sé qué hacer con mi espíritu. El cuerpo informa mucho”.

Carlos Yusti


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