viernes, 30 de octubre de 2015

PoeMad: Bienvenidos a un lustro de plegarias sin Dios



Óscar Hahn está convencido de que la poesía calma. “Supongo que los poemas hacen el efecto que han dejado de hacer las oraciones: consolar. Tal vez un poema sea una oración sin dios”, dijo hace unos meses a El País. Con casi setenta años y más de cuatro décadas pergeñando sobre el papel sus cuitas más íntimas, Hahn sabe de qué habla: se refiere al poder salvador de la palabra, claro, a su capacidad para generar sosiego, también, pero principalmente hace alusión a la última experiencia mística a la que puede aferrarse el hombre moderno: el verso declamado.

Francisco Beltrán y  Pep Carrió
Foto: Lisbeth Salas
La alquimia de la primera noche del Festival PoeMad convirtió al auditorio del Centro Cultural Conde Duque en una catedral para los profanos y todos los letraheridos de la más diversa calaña. 
Esta cita anual, que en esta edición llega a su primer lustro de vida, me hizo recordar las palabras del poeta chileno que será uno de los invitados de la jornada de cierre que comenzará mañana sábado 31 de octubre a las 6:30 de la noche. En este festival, el centro de las actividades de la revista homónima que edita el sello digital Musa a las 9, hasta mañana se reunirían autores jóvenes con los consagrados, españoles con latinoamericanos e, incluso géneros de la literatura que no acostumbrar ir juntos como la narrativa y la poesía.
Franco Buffoni lee en italiano
Foto: Lisbeth Salas
Y el ambiente contemplativo pudo formarse con la articulación de tres liturgias sucesivas que hablaron en imágenes, en música y hasta en italiano. Francisco Beltrán declamó versos que eran extractos de su vida, cuya columna vertebral era la ausencia del padre –“no hay frutos si árbol”, dijo–, un poco como aquél hombre hecho de ramas casi sin hojas, carentes de retoños que el ilustrador Pep Carrió pintó en la sombra de una puerta.
Si el recorrido de Beltrán por la vida dio la sensación de cotidianidad que no cabe esperar dentro de una catedral, la intimidad con la cual el italiano Franco Buffoni se refirió a sus posiciones estéticas y políticas, así como a la homosexualidad terminaron por darle un aire carnal al encuentro, que reafirmaron las voces de Marta Sanz, Lara Moreno y Mercedes Castro, acompañadas por los acordes del piano de un gato impenitente llamado Mariano Díaz.
Marta Sanz, Lara Moreno y Mercedes Castro
Foto: Lisbeth Salas
Esta noche el evento seguirá a partir de las 6:30 pm en el mismo lugar, con un recital del autor colombiano Darío Jaramillo Agudelo a quien le acompañarán las voces de Susana Villalba, Esther Ramón, Juan Malpartida, Jordi Doce Elsa Cross y Pura López-Colomé. El cierre de la jornada será un regalo para los espectadores porque contará con la presencia de la cantaora Carmen Linares en un evento que los organizadores ha llamado “Canción que vuelve a las alas. Poesía y flamenco”.
Mañana, la clausura será de lujo. A la presencia de los autores veteranos Hahn y del mexicano Homero Aridjis se le unirá una pléyade de poetas más jóvenes como Luna Miguel, Jesús Carmona –Robles, Óscar García de la Sierra y Rocío Torres. El evento terminará con el recital “Para que yo me llame Ángel González” con Eliana Sánchez y Miguel Munárriz.
PoeMad es un festival de poesía organizado por la editorial digital Musa a las 9, con el patrocinio de la Fundación Aquae y Fundación Mapfre, entre otros organismos. Las fotografías reproducidas con estas nota son de Lisbeth Salas. Los videos fueron tomados de las redes sociales de los organizadores del evento.

@michiroche




jueves, 29 de octubre de 2015

La isla del hijo

La isla del padre es, en primer lugar, un libro que solo ofrece preguntas, sin llegar a aventurar respuestas. Y son preguntas a un interlocutor muy especial: Leonardo Marías Barreras, muerto a los noventa y cuatro años de edad, en junio de 2013. La obra ganadora del Premio Biblioteca Breve 2015 es un largo tributo que Fernando Marías hace a la memoria de su padre, y acaso también una excusa para mirar el sentido de su propia vida, sustentándose en la relación, a veces recelosa entre padre e hijo.
La isla del padre
Aunque comenzó a escribir la novela –aunque yo más bien me inclinaría a clasificarla con el término anglosajón de memoir, o memoria,– durante el año que siguió al fallecimiento de su padre, cuando su familia estaba en el proceso de vender la casa donde había crecido Marías y, una generación antes, su madre, Teresa Amondo Gautier, la historia comienza en la niñez de este hijo que habría de convertirse en escritor, cuando ve por primera vez a su padre y pregunta: “¿Quién es este hombre?”.
Leonardo Marías era un marino mercante que por haber estado trabajando no había podido estar presente en el nacimiento de su hijo. Por eso solo pudo verlo muchos meses después, cuando ya su hijo podía correr y hacerle la impertinente pregunta. Ese fue el inicio de una relación recelosa entre el pequeño y el adulto que habría de configurar de manera determinante la vida de quien se daría a conocer en la literatura española con la novela La luz prodigiosa en 1991.“Si yo le tenía miedo instintivo e irracional, él me tenía miedo lúcido. Sufríamos los dos, pero él, además, sabía las causas precisas de ese sufrimiento. Y buscó soluciones. Las meditaba, las analizaba, las compartía con mi madre; o no, tal vez no las compartía con ella ni con nadie”, escribe.

El padre que soy yo. La isla del padre ofrece la visión de la vida propia a través del final de la vida del padre, que no deja de dar lecciones. “Puede que no le importase demasiado la cercanía de la muerte, y sin duda no la temía. Enorme lección, puesta sin aspavientos ante mí. Tal vez el miedo a la muerte es un pequeño error de juventud que se cura con los años”, escribe el ganador de varios galardones en su carrera, como el Premio Primavera de Novela (2010).
La construcción del personaje resulta interesante porque Marías resiste la tentación de una investigación tradicional sobre la biografía y prefiere las memorias y lo que no fue dicho. Por esa razón las fantasías infantiles y las juveniles del narrador terminan siendo más relevantes que la biografía del hombre que de suyo ya tenía los atributos de un personaje romántico porque en su juventud fue voluntario de los ejércitos de la República en la guerra civil, luego fue obligado a enrolarse como soldado en el bando enemigo y, después fue marino mercante. Lo que hace el escritor, y lo que resulta el valor de esta obra, es convertirlo en un personaje de la esfera privada. El esposo, el hermano, el padre, sin más aditamentos.
Es ese interés en el hombre privado y no en ese que los demás hubieran podido haber visto hace que la indagación profunda, más que en los hechos, esté en las memorias. (Repito: más que una novela, este es un libro es un memoir). Y es este el vínculo con el otro gran personaje de la narración, la individualidad del escritor que comenzó a formarse desde el momento de su niñez en el cual se dio cuenta de que el extraño que había entrado en su casa para romper la tranquilidad en que vivía con su madre y su abuela era su padre. Y el día en que se fuera, sería el niño hecho adulto, el que más lo sufriría.
Por eso la marcha del padre, la muerte, es el descubrimiento de la necesidad del interlocutor. “Se escribe para uno mismo, y de forma muy excepcional para una persona concreta. Este libro es para él. De él. Me gustaría que lo leyera. Luego podríamos hablar de todo lo que nunca hablamos. Las preguntas están aquí. Todas. Casi todas. Las respuestas no. Ninguna. Ya jamás estarán”, escribe en las últimas páginas del libro editado por Seix Barral.


@michiroche

miércoles, 28 de octubre de 2015

Un refugio para pensar

La cabaña de Heidegger
Cabaña de madera, planta de seis por siete metros, clavada en una ladera. Zona montañosa en la Selva Negra alemana: el lugar que Heidegger buscó y construyó en 1922: allí, por casi cincuenta años, en cortas o largas temporadas, se encerró a escribir: una pequeña casa rural, tosca, concentrada. La cabaña de Heidegger. Un espacio para pensar (Editorial Gustavo Gili, España, 2015) comenta el lugar, ingresa en la pequeña edificación, cuenta su historia, levanta un cuidadoso registro del interior, y se aproxima a la relación del filósofo con el sitio que tuvo a visitantes como Jaspers, Husserl, Hans- Gadamer, Lowith y Celan (la edición incluye fotografías de Digne Meller-Marcovitz y una que Karl Lowith hizo en 1921, donde Husserl y Heidegger conversan al aire libre).
“Todtnauberg” es el nombre de la aldea, ubicada en Baden. A más de mil cien metros por encima del nivel del mar, las estaciones se hacen sentir. Sharr habla de “dramatismo meteorológico”: un punto de Alemania adecuado para un pensador que, a su vez, era un caminante, un competente esquiador y un hombre que no temía a las exigencias del invierno.
La Cabaña en Todtnauberg 
Hasta donde se sabe, a Elfride Heidegger se debe el empuje y el que la cabaña se haya construido. La pareja o la familia iban allí de vacaciones, pero también en cortos períodos: Heidegger, por ejemplo, escribió parte de Ser y tiempo en aquella austera estancia. Allí cortó leña, encendió y velo por el fuego, salió a buscar el agua que acumulaban en un tronco ahuecado. La mesa en la que Heidegger escribía a mano estaba ubicada bajo una ventana, desde donde se puede mirar hacia Los Alpes. Si el filósofo se levantaba de su silla de trabajo, podía mirar hacia el horizonte.
Para Heidegger ese paisaje tenía algo providencial, superior. Adam Sharr, profesor de arquitectura, vuelve a los numerosos textos en los que el filósofo escribió sobre el lugar. “Me voy a la cabaña, y me alegro mucho del aire fuerte de las montañas; a la larga uno se arruina con esta cosa suave y ligera de aquí abajo. Dedicaré ocho días a trabajos con la leña, y luego escribiré de nuevo”. Heidegger era tajante para decir que él no miraba al paisaje, porque él pertenecía al mismo, provenía de allí. No era un esteta ajeno. Más todavía: Su trabajo como pensador estaba inscrito en aquella realidad natural. “Y este trabajo filosófico no discurre como los lejanos estudios sobre algo excéntrico. Permanece justo en medio del trabajo de los campesinos. Cuando el mozo de la granja arrastra su pesado trineo y lo guía, cargado a tope con troncos de haya, hacia abajo en la peligrosa bajada hacia su casa; cuando el pastor, con el pensamiento absorto y el paso lento, lleva su rebaño, ladera arriba; cuando el granjero en su establo prepara las incontables placas de madera para su tejado, mi trabajo es de la misma clase. Está íntimamente enraizado en la vida de los campesinos y relacionado con ella”.


Nelson Rivera
@nelsonriverap


Título Original: Libros: Libros: Adam Sharr
La primera versión de este artículo se publicó en http://www.el-nacional.com/autores/nelson_rivera/



viernes, 23 de octubre de 2015

(Aquel)las veces terminadas

¿Qué es la vida sino un deambular hacia la muerte? ¿No son las etapas, las edades, “las veces” pequeños ensayos para morir? ¿Cuánto dura lo eterno, si lo efímero es menos que una chispa? Como si quisiera asir cada instante del pasado con solo la fuerza del lenguaje, el poemario Las veces de la madrileña Esperanza López Parada se construye sobre la imagen de un pedazo de carbón que arde como alegoría de la transitoriedad de la vida humana, pero que conforme avanza los símbolos de lo femenino en la gruta (o la mina), en el fuego (o el carbón que arde) y en el tejido de la vida (o la sintaxis de la lectura) descubren el recuerdo palpitante de la madre muerta.
Las veces
Por eso las imágenes naturales informan cada estrofa convirtiendo su lectura en una experiencia orgánica. “Igual a una larva escondida en su mortaja / es esto de segregar tu propio encierro / engendra noche desde tu parte más íntima /acumulando sueño comienzas a dormir”, escribe en un poema de la sección marcada como “El último turno”, antes de preguntarse: “¿no hace cada uno su muerte / no la dibuja con la mano vendada? / de repente eres el fantasma de tus hijos”. Esto es la experiencia final de la maternidad: luego del entierro, cuando el vivo se inscribe en el recuerdo, a la madre le corresponde aún velar por los suyos, aunque sea solo para recordarles su brevedad.
Dividido en seis partes, el libro editado por Pre-textos presenta una estructura interesante por identificarse con frases cuyo significado gira alrededor de la idea de momento. Así, “El Primer Tiempo” construye la metáfora del carbón que ha terminado de arder y del que solo quedan cenizas –“¿no es la ceniza la savia conclusa del tiempo?”, se pregunta López Prada–. Con el título “La Malavez” se identifica la segunda parte donde abundan las viñetas de la infancia y aparecen las relaciones más fuertes entre la voz del poema y la mujer que va tomando forma dentro del poemario. Es, por supuesto, la relación entre la madre y la hija. Pero la hija es escritora. La madre, entonces, es el comienzo: la que enseña a leer, la que teje los significados de palabras que queman como el fuego, la lumbre que da combustión a la iluminación: “Ella me enseñaba a leer / en un libro vencido”, es el verso con el que comienza la sección; en el que dice “las palabras se extraen como carbones / costosos, se juntan las letras como / carros, piezas de horizonte que porten una riqueza sentida” se vincula la educación de la madre y el oficio de la hija. Y, finalmente, con la frase donde describe “el dedo que muere”, con el cual “la madre señalaba / la frontera del páramo” queda en evidencia cómo la imagen materna es un tiempo personaje que vive en la muerte de este poemario e imagen de la vida eterna.
En las secciones “Un Golpe Solo” y “El Último Turno” se profundizan las metáforas de la vita brevis: ora porque el final acecha, “para la muerte una leve constancia”, ora porque es irreversible: “nos compra eternidad este cadáver”. En “Todas las Noches”, López Parada varía el motivo de lo efímero de la existencia y se ocupa de cómo la muerte otorga profundidad a quienes la sobreviven. “Los muertos son los que dan sitio, / los que con su corazón a tierra / tiran un eje y clavan una estaca, / los que permiten una ocupación, / tan férrea es su forja, no son ellos / lo que se mira, sino desde donde / miramos, tan rotunda es su fijeza”. Parece que la poeta nacida en 1962 solo concibiera el duelo como estrategia para poner las cosas de la vida en perspectiva.
No solo porque cierra el poemario o porque parece resumir el título de la publicación en la frase “Una y otra vez y otra vez de nuevo”, la última sección es una verdadera conclusión al libro que se pregunta sobre el enigma de la eternidad: “Pero mientras estás callada, eres inviolable. / Eres perfecta, estás entera y custodias / Lo único que posee valor si lo secreto / Se preserva cuando nada divulga ni siquiera / Su cerrada condición de enigma.”
En su obsesión con la manera como el tiempo se quema, este es un poemario sobre la perspectiva que ofrece la muerte de una madre (yo agregaría que también la de un padre) sobre las etapas, las repeticiones y los ciclos de la vida. (este es le comienzo del párrafo final. Por eso, el entierro, el duelo y la aspiración a la eternidad son formas de la urgencia que tejen la sintaxis y las imágenes de cada verso en Las veces… Un lenguaje de la pérdida que subraya la brevedad del tiempo, por más cíclico que se interprete.


@michiroche


jueves, 22 de octubre de 2015

Los golpes y el paisaje

La desaparición del paisajeNovela radical a su manera –la del boliviano Maximiliano Barrientos (1979)— realista y de eficaz tremendismo, cuenta sin ambages las durísimas heridas emocionales de los personajes, especialmente las de su protagonista y narrador, Vitor, por medio de un estilo muy directo, en primera persona, no exento de una sutilísima capacidad poética, que no embellece ni edulcora la narración, sino que produce mayor sensación de crudeza si cabe, calidez de lo emocionalmente demoledor. La voz del narrador resulta honesta y se diría que se trata de una de las virtudes del libro: nos respeta.
La desaparición del paisaje
Vitor regresa a su casa (en Santa Cruz, Bolivia) después de muchos años de ausencia y sin que ni su hermana menor Fabia ni la mujer viuda de su padre, María, sepan nada de él, sólo que desapareció en Estados Unidos y que hace mucho tiempo que no quiere saber de ellos; ni siquiera regresó cuando le avisaron de que su padre había muerto, diez años atrás. El relato comienza justo a la hora de su regreso. Vitor se enfrenta a su pasado: a los recuerdos de una familia que fue feliz hasta que su madre murió de cáncer y su padre se dio a la bebida; a la novia, Laura, a la que amaba y perdió al marcharse y espaciar cada vez más las llamadas para terminar desapareciendo como si se lo hubiese tragado la tierra; a los amigos del colegio, ahora derrotados, se diría que por el mero paso del tiempo sobre sus vidas simples, sin horizonte. Realmente sentimos la angustia de un personaje que parece no saber si será capaz de sobrevivir al peso de un pasado que lo aplasta. Vitor trata de curarse de su propia historia, lo que supone, básicamente, curarse de la familia. Tras un primer instante en el que ni él sabe lo que quiere (huiría), poco a poco parece entender lo que necesita, todo lo contrario: dejar de huir, afrontarlo como buenamente pueda. Recomponer los pedazos de lo que quede para poder seguir adelante.
El resto de personajes quedan bien definidos, emocionalmente, en su trato con Vitor –en lo que este recuerda de estos y en lo que finalmente le dicen en los encuentros que mantiene con ellos—: María, Alejandro, Juan el ex futbolista, Laura, Fabia, su sobrino Colum. También los personajes que ya no están (el padre, la madre), pero estos del modo en que el tiempo los ha acomodado en el recuerdo. No hay un orden cronológico en la sucesión de flashbacks. La estructura no sólo no oculta, sino que enfrenta (aquí la valentía narrativa del narrador parece expresar también la valentía del personaje) tanto lo sucedido en el pasado como lo que ha de suceder en el presente. Las grandes elipsis, a menudo, son especialmente expresivas: a veces el autor interrumpe un capítulo allí donde parece que podría producirse –si siguiéramos una lógica dramatúrgica— lo de especial relevancia. Con todo, el relato avanza de manera episódica, dando tiempo, confiriendo espacio a la vida de los personajes.
Pero lo que nos cuenta, aquello que se encuentra más allá del mero argumento, de los personajes, del tiempo verbal, etc., es de una emoción extraña, literariamente inusual, y de una tristeza que nos vacía. Esto es: cómo después de tal esfuerzo de superación emocional de los viejos conflictos íntimos de infancia y juventud, sin embargo, se trata de una curación para nada, en cierto modo; para vivir unos últimos años de vida como un convaleciente, curado de aquello, arreglado consigo mismo, perdonado después de su perdón a los otros, sereno, viendo pasar el tiempo y, finalmente, viendo pasar los cadáveres de quienes un día constituyeron una culpa que a punto estuvo de arruinarle la vida.
En la última novela de Luis Mateo Díez, La soledad de los perdidos, uno de sus personajes afirma que “Un golpe en la vida es a veces suficiente para que jamás se deje de temblar”. En esta estupenda novela de Maximiliano Barrientos, La desaparición del paisaje, Vitor recibe, no uno, sino varios de esos golpes, y temblamos.


@ NicolasMelini

miércoles, 21 de octubre de 2015

Pensar desde Simon Leys

Simon Leys (Bruselas, 1935) podría encontrar una aguja en un pajar. Las encuentra, las examina, las memoriza, las guarda y exhibe su brillo cuando escribe. Digo agujas para remitirme a mínimos incidentes, anécdotas de lo variopinto, frases y detalles que a otros pasarían inadvertidos. Más que un lector, un rastreador. Leys escoge una de estas agujas, y ello le basta para escribir estas cautivadoras piezas cortas que publica en La Quinzaine Littéraire y en New York Review of Books. Un curioso de paleta incomparable, donde coinciden escritores y artistas chinos, referencias a culturas de distintas regiones del planeta y autores de la tradición literaria occidental. Un inspirado que toma de aquí y de allá, anuda sus agujas en un pensamiento paradójico, que plasma en breves textos sin desperdicio. Su secreta inquietud: desde dónde pensamos. Cómo pensamos.
La felicidad de los pececillos
La felicidad de los pececillos. Cartas desde las antípodas (Ediciones Acantilado, España, 2011) nos recuerda que “la ignorancia, el oscurantismo, el mal gusto o la estupidez no son fruto de simples carencias, sino de otras tantas fuerzas activas, que se afirman furiosamente a la menor oportunidad, y no toleran ninguna excepción a su tiranía. El talento inspirado es siempre un insulto a la mediocridad. Y si esto es cierto en el orden estético, aún lo es más en el moral”. Leys se revuelve contra los prejuicios, al tiempo que intenta limpiar el parabrisas con que vemos el mundo.
Pondré algunos ejemplos. En Conocer y desconocer China, Leys desmonta la obra de Francois Jullien, con argumentos demoledores: no le interesa China, sino que se sirve de ella para darle forma a sus propios pensamientos. En El éxito es vulgar expone al crítico norteamericano Edmund Wilson como un gigante hueco. En “Los escritores y el dinero”, serie de tres entregas, defiende una idea contraria a la tesis de la obsesión productiva: nadie debería sentirse obligado a llevar sus fuerzas al límite, de modo de preservar una parte de su vida, de su tiempo, para su propio bienestar. Copio esta anécdota que Leys, a su vez, tomó de las Memorias del compositor ruso, Dmitir Shostakovich: “Un general de Nicolás I tenía una hija; éste se casó con un húsar en contra de la voluntad de su padre. Éste pidió al zar que tomara cartas en el asunto, y Nicolás I promulgó de inmediato dos decretos: el primero anulando el matrimonio y el segundo restableciendo la virginidad de la muchacha” (Leys podría tener una lejana afinidad con Eliot Weinberger, también fascinado por las antípodas; en su libro Algo elemental, publicado por la Editorial Atalanta, el neoyorkino hace algo similar a Leys: reproduce una anécdota paradójica, que André Malraux, a su vez, cuenta de la gata de Sthépane Mallarmé).

Nelson Rivera
@nelsonriverap


Título Original: Libros: Libros: Simon Leys

La primera versión de este artículo se publicó en http://www.el-nacional.com/autores/nelson_rivera/

martes, 20 de octubre de 2015

Mariana Torres: “Si el cuento perfecto estuviera escrito todos dejaríamos de escribir”

Distinta a otros autores, Mariana Torres no escribe para soñar sino que sueña para escribir. No más se levanta, esta autora nacida en la ciudad brasileña Angra dos Reis en 1981 anota, en primera persona del presente, qué quimeras poblaron los recorridos nocturnos de su mente. Redactar aquellas fantasías le permite articularlas, ponerles orden y reconocer la fuerza de sus imágenes. “Hay períodos en los que dejo de hacerlo y se me olvidan los sueños; entonces soy menos creativa”, apunta la también profesora de la sede madrileña de la Escuela de Escritores. Fue la costumbre de llevar un libro de sueños y el oficio de los talleres los que dieron a Torres las herramientas indispensables para terminar su primer libro de cuentos, El cuerpo secreto (2015).
Once relatos de ese libro son sueños. El lector los reconocerá con facilidad porque tiene el ímpetu de las imágenes fantásticas.
Mariana Torres
Foto: Alain André
Pero si aquellas imágenes, por muy poderosas que fueran, llegaron a estructurarse en relatos es porque, además, Torres tiene oficio. Y es uno nacido del gusto por el proceso de pergeñar ideas sobre papel. Escribir, así como el verbo, más que el sustantivo, es una acción que la cautiva desde joven y si terminó estudiando guión en la Escuela de Cine de Madrid fue justamente porque sintió que la carrera en Filologías Hispánicas era una carrera muy teórica y ella quería algo más práctico. “Lo hice un poco sin querer: fui haciendo las pruebas y me admitieron y me dieron la beca, así que la verdad por eso fue que entré”, explica la autora que de aquella experiencia sacó el cortometraje Rascacielos (2009).
Pero pronto Torres aprendió que la cinematografía y la literatura son dos idiomas radicalmente diferentes. Aquella etapa le pareció dura porque la obligó a desearse de lo que ella lama “la retórica”: “Aprendes a escribir de otra manera: la estructura de la historia, la caracterización de los personajes, las acciones. Pero la retórica de la prosa, incluso su musicalidad, no te sirven para nada. Hasta que recuperé la narrativa para escribir ficción me costó dos o tres años y eso fue a partir de los talleres de escritura, en especial las clases de Ángel Zapata”.

¿Cómo la experiencia de dar clases te ayuda a escribir?
Los temas de los cursos que doy en la Escuela de Escritores se refieren a mi manera de hacer los cuentos: la niñez, las emociones y los sueños. Creo que esas son mis tres especialidades y por eso están todas en el libro. Es como la historia del huevo y la gallina: no sé si diseñé los cursos porque escribía de esta manera o si escribo así por los talleres.

– También está el trabajo con los escritos de otros…
– Eso me ayuda a distanciarme de los míos. Cuando estás acostumbrado a leer textos diferentes de alumnos distintos adquieres práctica en comentarlos, con lo cual también aprendes a separarte de los tuyos. Ahora mismo yo no me acuerdo de ningún texto de algún alumno y es porque hago una separación. Creo que esto le pasa a todos los profesores de taller. Eso te ayuda a corregir. Si no estuviéramos acostumbrados a leer o solo leyéramos buena literatura sería muy deprimente. Estar acostumbrado a trabajar con literatura te acostumbra a hacerlo con tus propios escritos también. De hecho, yo aún tengo algunos que si paso tiempo sin leerlos ni me acuerdo que los he escrito yo.

– ¿Qué aprendiste escribiendo El cuerpo secreto?
– En primer lugar, este proceso me enseñó a elaborar un libro de cuentos unitarios que es una cosa que nos sabía hacer. Aprendí a poner punto final a los cuentos porque también soy de corregir mucho. Con mi libro también aprendí a superar la imperfección, porque nunca sientes que el cuento está perfecto y tienes que lidiar con esa sensación de que aunque está imperfecto, está más vivo que si estuviera perfecto y es como soy yo ahora. Y es lo que hay. Se trata de renunciar a la perfección porque es algo imposible. Si el cuento perfecto estuviera escrito todos dejaríamos de escribir. Es absurdo buscar la perfección.

@michiroche

miércoles, 14 de octubre de 2015

E. H. Gombrich, más allá del arte

A esa edad en que la experiencia carga de liviandad y peso, a un mismo tiempo, cada palabra; donde asperezas, melindres y prejuicios se vuelven irreconocibles en la conversación; en esa hora de los últimos años, en que el mundo se llena de recuerdos, Didier Eribon entrevistó en Londres al historiador del arte, Ernst Hans Gombrich. Lo que nos cuentan las imágenes (Editorial Elba, España, 2013) debe ser, aunque la edición no hace referencia a ello, el mismo libro que la Editorial Debate publicó en 1992. En este caso, la de Elba incluye un prólogo del crítico J. F. Yvars.
Gombrich nació en Viena en 1909, miembro de una culta familia judía asimilada, gente amiga o relacionada con muchas de las grandes figuras de la Viena de comienzos de siglo. A pesar de su expreso deseo de no ser etiquetado como un típico ejemplar de la inteligencia de Weimar, de la conversación con Eribon queda claro cierta inevitabilidad: que vivía en una atmósfera en la que era inconcebible que las personas no fuesen educadas y no disfrutasen de los bienes del espíritu.
Lo que nos cuentan las imágenes
El intercambio fluye, catalizado por el tino de Eribon, más pensador que periodista. El precoz que recorría Viena asombrado por la belleza de sus edificios; que era testigo del auge del antisemitismo; que experimentó el hambre durante la Gran Guerra; y que leía a Goethe y Schiller en plena adolescencia, se interesa por la ciencia y los minerales, pero también por el manierismo y las artes. Tras el ascenso de Hitler, Gombrich llega a Londres en 1935 y se incorpora al Instituto Warburg, donde le asignan nada menos que la tarea de descifrar y ordenar los papeles de Aby Warburg. Da clases, pasa los días en la biblioteca del British Museum. Cuando estalla la Segunda Guerra Mundial, es contratado por la BBC para trabajar como ‘escucha’ de la radio alemana. Elabora reportes y análisis para los aliados (fue Gombrich quien reportó que Hitler había muerto: un minuto más tarde, su notificación llegó a Churchill).
De regreso a su vida de intelectual, la trayectoria de Gombrich resulta indetenible: las sucesivas versiones de La historia de arte animan, incluso a sus adversarios, a calificarlo como el importante crítico de las artes del siglo XX (agotadas las ediciones, Gombrich añadía novedades en la siguiente). Entre 1959 y 1976 dirige el Instituto Warburg. Dicta conferencias. Publica Libros, entre ellos la biografía intelectual de Warburg. Cultiva las amistades de otros hombres extraordinarios como Roman Jacobson y Karl Popper. Participa en debates sobre un amplio temario, en el que destaca el de la psicología de la percepción, una de sus obsesiones. En el capítulo de cierre, Eribon insiste en preguntarle por su método. Responde Gombrich: “sentido común. Es mi único método”.


Nelson Rivera
@nelsonriverap

Identificadores redes sociales:
#MiércolesDeEnsayo; #LibrosDeNelsonRiveraSiriHustvedt; #NelsonRiveraEnColofónRevista

Título Original: Libros: E. H. Gombrich
La primera versión de este artículo se publicó en http://www.el-nacional.com/autores/nelson_rivera/


jueves, 8 de octubre de 2015

Aquella infancia secreta

 Niños que luchan contra monstruos vegetales, caballos que llevan la velocidad del fuego y diminutos patibularios que esperan a hombrecillos aún más pequeños son algunas de las anécdotas de las narraciones breves –e incluso brevísimas– que habitan dentro de El cuerpo secreto de Mariana Torres.
El cuerpo secreto
La mayoría de los personajes de los cuentos son a un tiempo inquietantes y entrañables. Se trata niños que sufren dolores “tan intrínsecos a la vida que llegan a fascinar y sufrirse por partes iguales”, como la niña atrapada dentro de un corsé, el pequeño con un corazón de piedra que lastima a sus amigos y el niño que es un árbol monstruoso de cuya boca salen húmedas flores doradas. Así, sustentado sólidamente en las brumas de las fantasías infantiles, el mundo que construye el conjunto de los treinta y cuatro relatos editado por Páginas de Espuma hará que cada lector recuerde las imágenes con que pasó las mejores horas de su vida durante aquella edad de la utopía perdida que antecedió a la adultez.
“Los niños son tierra formada, levantada, en pleno crecimiento vertical, verde y llano”, escribe la autora en uno de estos cuentos, el titulado “Volver a la tierra”. La afirmación permite descubrir el motivo que palpita debajo de los pequeños personajes: la tierra, la cual no es otra cosa que el más antiguo símbolo de lo maternal, la etapa más primitiva de la humanidad, anterior a las fantasías de la individualidad. Esto no solo es evidente en “Tierra Madre” donde una criatura recibe una “leche blanquísima” de una negra enorme, sino en los niños que se enredan en las copas de los árboles o les gusta hacerlos crecer en sus entrañas. Por eso, los monstruos se transforman en follaje, algunos niños son peras, así como otros trepan por todas partes, incluso por los aires, o se enfrentan con el vacío, desafiándole. Lo mejor de los cuentos del primer libro de esta madrileña nacida en Brasil es que brotan de la tierra: son húmedos y ctónicos, como los campos fértiles.
Las coloridas imágenes trepidantes que se suceden en estas narraciones confirman que la autora se formó en la Escuela de Cine de Madrid, pero no es esto la marca de su estilo. Si lo más interesante de estas historias es su registro simbólico natural y la estructuración de sus temas en tres obsesiones –la perspectiva infantil sobre el dolor, las imágenes acuáticas como contrapartida real y metafórica tanto de los desiertos como de los abismos y la tierra como aliento de la vida y depósito de la muerte– el estilo representa un aspecto que debe notarse, porque navega entre el registro clásico y la forma de la vanguardia. No es una contradicción. A pesar de que están construidos con la economía expresiva de los cuentos modernos –no en balde la autora es profesora en la prestigiosa Escuela de Escritores–, los relatos de Mariana Torres se parecen a los cuentos de los hermanos Grimm y de Charles Perrault, antes de que la pedagogía simplista de Walt Disney los echara a perder.

@miciroche


miércoles, 7 de octubre de 2015

Un mundo con todo expuesto

A la extendida e intensa prédica a favor de  la transparencia, Han, filósofo coreano formado en Alemania, responde: la transparencia ha adquirido tal poder de coacción que tiene un carácter totalitario. El auge de la transparencia supone el destierro de la negatividad en favor del establecimiento de una sociedad positiva, donde todo sea conocido, exhibido, puesto en evidencia. “Las cosas se hacen transparentes cuando abandonan cualquier negatividad, cuando se alisan y allanan, cuando se insertan sin resistencia en el torrente liso del capital, la comunicación y la información”.
La sociedad de la transparencia
En un mundo donde todo debe ser expuesto, donde todo debe ser despojado de sus secretos, se produce la liberación de las imágenes: desprovistas de profundidad, de elementos opacos, de zonas resguardadas al morboso apetito de los demás, se vuelven transparentes, inmediatas: la sociedad de la transparencia es la sociedad de la pornografía, la sociedad que borra la brecha entre la imagen y el ojo. Al estado de transparencia contribuye el que todo tenga un precio: nada guarda ya su lado oculto, nada alcanza a mantener su singularidad, todo puede ser comparado por su valor monetario. Vivimos la multiplicación, el crecimiento sin fronteras de lo igual.
El arrollador movimiento de la transparencia pasa por encima del derecho a la privacidad, de los límites que deberían proteger lo personalísimo. Una vasta industria, que opera a través de ciertas modalidades del periodismo, se dedica a ventilar, a exhibir en la vitrina pública, lo que  hubiese podido permanecer bajo resguardo. De hecho, lo que ahora se entiende como “intimidad” es justo lo contrario: es el mecanismo de conversión para que los asuntos de la vida privada salten a la esfera de lo evidente, se transformen en data desprovista de negatividad, es decir, en material que verter al incalculable torrente de información que circula por el mundo.
Desnudas, arrancadas de su velo, las imágenes han perdido la capacidad que tenían de ser leídas solo hasta un punto. Ahora se exponen sin rubor. La sociedad pornográfica es, a un  mismo tiempo, sociedad del espectáculo y la sociedad sin vocación hermenéutica. Sociedad que puede prescindir de la interpretación, pero también de eros, porque donde todo está previamente expuesto ya no es posible la seducción. Advierte Han: que de la amenaza del gran hermano con poder ilimitado de vigilancia, pasemos a un mundo donde todos nos vigilamos unos a otros. Que todos seamos promotores de la liquidación de las fronteras que separan el adentro del afuera, entregados de forma voluntaria, a una sociedad de panóptico ilimitado, del que cada vez más somos promotores y víctimas, a un mismo tiempo .

Nelson Rivera
@nelsonriverap

Título Original: Libros: Byung-Chul Han
La primera versión de este artículo se publicó en http://www.el-nacional.com/autores/nelson_rivera/

viernes, 2 de octubre de 2015

Los poemas ajenos

Sólo en la belleza ajena
hay consuelo, en la música
ajena y en los poemas ajenos.
Sólo en los otros hay salvación,
aunque la soledad sepa como
el opio.
(Fragmento del poema “En la belleza ajena” de Adam Zagajewski)

El poema escrito encierra en su forma (y quizás también en su ejecución) algunos insondables enigmas. Para desentrañar los arcanos que un poema oculta parece un buen plan ir a la fuente. Antonio Trujillo que también es poeta y desde esa humilde condición de oficiante de la palabra va en busca de esclarecer sus inquietudes como lector de poesía.

Regiones verbales
Para tal empresa, y ya con los poemas seleccionados, contactó con los diferentes poetas y fue indagando sobre los pormenores de la escritura de determinado poema. Su travesía le llevó algunos años y el resultado es (de seguro el primer tomo) de un libro titulado Regiones verbales: Los poemas cuentan su vida. (Fondo Editorial Fundarte, 2014). Sobre como surgió la idea el propio Trujillo ha explicado: “Este libro comenzó a escribirse aproximadamente en el año 1998 gracias a la columna Verbo y Gracia del periódico El Universal, llamada ‘Los poemas cuentan su historia’. Y de esta manera es que nace esta idea de ir publicando un testimonio que cuenta la historia del poema”. La publicación recopila los diálogos que sostuvo con poetas como Ángel Eduardo Acevedo, Laura Antillano, Juan Liscano, Ramón Palomares y otros importantes poetas que de alguna manera conforman algo así como un mapa de la poesía actual en el país.
Antonio Trujillo es un conversador por excelencia. Su inclinación por relatar historias, salpimentadas con anécdotas curiosas, datos asombrosos y rocambolescos es proverbial. El libro tiene ese sello indiscutible de la oralidad. Trujillo en las diversas conversaciones con los poetas se convirtió en un oidor atento, su presencia es imperceptible y con exquisita paciencia anota la voz de cada poeta explicando las circunstancias en la cual escribieron el poema seleccionado por el compilador y esto es un valor deslumbrante de este libro. Otro de sus valores es ese acercamiento que el lector, como segundo invitado/oidor, tiene con el poeta; esa aproximación a su intimidad artística y creadora que le permite conocer un poco de esos avatares de la escritura poética. También es necesario acotar que los poetas seleccionados/reunidos explican su proceso creativo con evocadora sencillez.
Antonio Trujillo salió a la búsqueda de esa belleza ajena con la candidez de un explorador, de un caminante tocado por la poesía como quehacer y creación, como turbación y deleite. Un hombre que desde la soledad del poeta y la comunión de la palabra poética sale al encuentro de lo sagrado por aquello escrito por Octavio Paz: “La poesía, ha dicho Rimbaud, quiere cambiar la vida. Intenta embellecerla, como piensan los estetas y los literatos, ni hacerla más justa o buena, como sueñan los moralistas. Mediante la palabra, mediante la expresión de su experiencia, procura hacer sagrado el mundo…”



jueves, 1 de octubre de 2015

Esa crítica del demonio

La antigua diatriba entre el valor de la literatura en contraste con el de su estudio no ha terminado puesto que el desafío de la crítica de este siglo es pensar en una forma de análisis literario que vaya más allá de la celebración o el descrédito de las novedades editoriales o de la repetición sobre los mismos clásicos manidos, pues si ya el estructuralismo se preguntaba quién es ese ser esquivo al que llamamos autor, depositando el poder de la interpretación en manos de los lectores, ¿para qué vamos los reseñistas (de la academia o del periódico) a indicarles lecturas de nada a nadie? Si acaso, apenas podemos formular alguna idea tomando como punto de partida lo que hemos leído. Y he allí la importancia que ha tomado en las últimas décadas ciertos usos de la literatura, digamos, académica.
El demonio de la teoría
La universidad nunca ha sido tan prolija como ahora en la producción de lecturas “informadas” sobre la narrativa, la poesía, el teatro y la ensayística, por solo referirme a algunos géneros de las letras. Desde el advenimiento de los llamados Cultural Studies, que pretenden entender el funcionamiento de las representaciones estéticas en el mundo mientras se estructura ante nuestros ojos atónitos la omnipresente Era de la Información, entendemos que el estudio del sentido de la producción artística no se limita solo a la literatura o a las artes plásticas, sino a cualquier manifestación intelectual o sentimental, desde una sinfonía hasta el diseño de los carteles para una protesta callejera. Nuestras universidades, en Europa tanto como en el Nuevo Mundo, se han afanado en multiplicar un inabarcable corpus crítico que en algunos casos sobrepasan la calidad y el volumen de la producción artística. Del hecho de que nuestros estudiantes prefieran leer las obras de los analistas y no los clásicos de la literatura se queja Antoine Compagnon en su más reciente libro, El demonio de la teoría: Literatura y sentido común.
Menos análisis teórico y más entretenimiento a partir de la lectura parece ser el lema sobre el cual se sustenta este divertido, además de culto, ensayo analítico. No se trata de restarle profundidad a las letras, sino de establecer una distancia entre la lectura del estudioso y el goce estético de las obras, donde el último debe ser lo primero. “La nueva crítica, como la historia literaria de Gustave Lanson algunas generaciones atrás, pronto quedó reducida a unas cuantas recetas, trucos y artimañas para tener éxito en las oposiciones. El entusiasmo teórico se estabilizó a partir del momento en que proporcionó algo de ciencia complementaria a la sacrosanta explicación de los textos”, escribe en la introducción al libro quien es titular de la cátedra de Literatura Francesa Moderna del Collège de France. A partir de esa afirmación, Compagnon lleva al lector a evaluar no solo el estado de la literatura como rama del saber y las posiciones tanto del autor como del lector en este mundo de vertiginosos intercambios de datos, sino también la evaluación de nociones fundamentales para la crítica como la historia, la identificación y el valor social de la producción literaria.
El curriculum de Compagnon es un aval de las opiniones que construyen las 312 páginas del ensayo editado hace unos meses por Acantilado. Formado como ingeniero de caminos, el también autor de ¿Para qué sirve la literatura? (2008), obra donde no solo defiende los usos de los libros sino que coloca el arte de escribirlos en el fundamento del desarrollo humano, es académico de la Sorbona de París y en la Columbia University de Nueva York, además de ser miembro destacado de la Academia Americana de Ciencias y Arte, sí como también del a Academia Europea y correspondiente a la Británica.
El demonio de la teoría es un ensayo recomendado para cualquiera que quiera entender el estado contemporáneo de la crítica, así como la literatura misma. Sin embargo, a mi me hubiera gustado que la mente analítica que Compagnon aplica para desprestigiar a las escuelas de Estudios Culturales la hubiera invertido también en desenmascarar el reseñismo acomodaticio de ciertos críticos de medios masivos, quienes usan su propia celebridad maquillada con teorías transformadas en poses de selfie para consagrar a escritores y afirmarse a sí mismos.
Por supuesto que siempre existirán reseñistas que solo cuenten con su fama para elaborar los discursos por medio de los cuales condenan o celebran las obras de tal o cual autor, a veces, incluso, cuando estos son sus amigos o enemigos. Y también sobrevivirán los académicos cuya urgencia por trascender profesionalmente les impida salir de los dictámenes del canon. Lo que cada vez son más escasos son los analistas de la realidad con la entereza de ánimo como para poner en su sitio a los individuos de cada uno de estos grupos. Por cada centena de reseñistas ególatras y por cada docena de críticos académicos hay solo un Compagnon. Que existan libros como El demonio de la teoría es un enorme paso para restarle importancia a ambos grupos. Y, aunque sea solo por eso, bien que vale la pena tomar en cuenta el trabajo de Compagnon.

@michiroche