miércoles, 16 de diciembre de 2015

Eri Hotta va camino de Pearl Harbor

Guarda evidente interés a pesar de la distancia espacial y temporal, y de lo mucho que han cambiado las cosas en el planeta desde entonces. Japón, en el año 1941, concentrado en el debate de si entraba o no en guerra con Estados Unidos, luce remoto. Y, en efecto, al leer Japón 1941. El camino a la infamia: Pearl Harbor (Editorial Galaxia Gutenberg, España, 2015), se tiene la sensación de volver a un tiempo ya superado. En realidad, la cuestión no resulta ajena en la perspectiva que la historiadora japonesa Eri Hotta aborda aquellos hechos. Su libro ofrece respuesta a una dramática pregunta: ¿Cómo fue posible que la nación japonesa, o mejor dicho, sus gobernantes, tomaran la decisión de ir a una guerra con Estados Unidos, a pesar de que todos los análisis y proyecciones les advertían que perderían y que el país podría quedar devastado, como en efecto ocurrió?
El camino a la infamia
Desde 1940, la sociedad japonesa había comenzado a sentir la escasez creciente de productos. Había campañas publicitarias y discursos que promovían la austeridad. Un eslogan decía: “El lujo es un enemigo”. Faltaban el arroz y otros productos básicos. La prensa había reducido su tiraje y la producción caía por falta de insumos y repuestos. Cuando Japón, sin romper relaciones con Estados Unidos ni declarar la guerra, anunció que había atacado a Pearl Harbor el 8 de diciembre de 1941, el pueblo japonés reaccionó con júbilo.
Eri Hotta, formada en las universidades de Princenton y Oxford, construye una línea de tiempo, que va aproximándose, hecho a hecho, al momento del ataque. La recapitulación que hace de las tramas militares, políticas y diplomáticas, es extraordinaria, puesto que facilita al lector hacerse cargo del modo en que se fue incubando y alimentando el camino hacia la tragedia, hasta llegar a un punto donde no fue posible evitarla.
Capas y capas de elementos que se fueron sumando y mezclando, con el estridente fondo de la exaltación nacionalista de fondo: un ambiente de desinformación que ocultaba la muy deteriorada situación material y económica del país; las luchas políticas entre las distintas facciones; la rivalidad irresuelta entre la Armada y el Ejército; la complejísima estructura de relaciones entre los distintos poderes y la figura del Emperador; la brecha, por momentos escandalosa, entre lo que las autoridades decían en reuniones o en público, y lo que advertían en privado o a sus equipos de trabajo. Conductas erráticas, una impredecible cadena de omisiones, ausencia del más elemental coraje para reconocer que la guerra era inviable, se confabularon e impusieron a los grupos de profesionales de las instituciones militares que, en más de oportunidad, presentaron informes anunciando con sólidos argumentos, la catástrofe que se produciría.

Nelson Rivera
@nelsonriverap

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Título Original: Libros: Libros: Eri Hotta

La primera versión de este artículo se publicó en http://www.el-nacional.com/autores/nelson_rivera/

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Brook: para llenar el vacío de Shakespeare

El nombre de Peter Brook (1925), al menos desde mediados del siglo XX y hasta nuestros días, es indisociable al de William Shakespeare. Director teatral que ha expandido las fronteras de lo teatral, guionista excepcional, director de cine y televisión, autor de varios libros (uno de ellos, el notable e influyente “El espacio vacío”), creador del Centro Internacional de Creaciones Teatrales en el Théatre des Bouffes de Nord y, no menos relevante que todo lo anterior, director de casi veinte espectáculos a partir de textos de Shakespeare, entre ellos, su mítico Sueño de una noche de verano, cuya primera puesta en escena tuvo lugar en 1970.
La calidad de la misericordia
Brook, inglés descendiente de judíos rusos, se expresa con sosiego: próximo ya a cumplir sus noventa años, en el 2013 escribió estas memorias: La calidad de la misericordia. Reflexiones sobre Shakespeare (Ediciones La Pajarita de Papel, España, 2014). Son los recuerdos y conclusiones al final del camino: quién sabe, me pregunto, si es desde las postrimerías, el mejor tiempo para pensar en el inglés excepcional que abordó “todas las facetas de la existencia humana”.
Tesis vital de Brook: Shakespeare no será nunca un contenido del pasado. Puede ser reinventado siempre. Nada en él se vuelve obsoleto. No es en análisis de los textos donde encontraremos su poderío. El lugar para inventarlo es la sala de teatro. La vida del texto teatral arranca y culmina durante la representación. “Ninguna forma ni interpretación es para siempre. Una forma tiene que quedar fijada durante un corto espacio de tiempo, luego debe desaparecer”.
La suya fue una mente en movimiento. No paraba nunca. Escribía a gran velocidad. No existe ningún documento o testimonio que sugiera que revisara o volviera a lo escrito. Brook sostiene que Shakespeare debe ser afrontado con un “método sin método”, con el que revelar, no tanto la idea como la historia que ilumine la condición humana.
No juzgaba. “Todo cuanto sabemos indica que Shakespeare era un hombre muy modesto. No utiliza a sus personajes para enunciar sus pensamientos, sus ideas. Nunca impone su mundo al mundo que deja aparecer. Ibsen no dudó en exponer lo que sentía sobre la sociedad en la que vivió. Brecht escribía para demostrar lo que iba mal en el mundo y cómo debía cambiarse”.
Los recuerdos van desde que montase El rey Juan en 1945, hasta La tragedia de Hamlet en 2002: más de medio siglo de experimentación y, de modo simultáneo, de aprender a reconocer que el público es, en lo primordial, una entidad cuyos límites cambian en el tiempo. Al director teatral corresponde resolver: encontrar las claves, desarrollar las metáforas escénicas, darle forma a las personas que subyacen en cada personaje: en otras palabras, hacer posible que todo encaje.

Nelson Rivera
@nelsonriverap

Título Original: Libros: Peter Brook
La primera versión de este artículo se publicó en http://www.el-nacional.com/autores/nelson_rivera/ 

martes, 8 de diciembre de 2015

Rafael Cadenas: “La democracia trasciende lo político”

Un cambio avanza sobre tierras venezolanas. Y el momento es propicio para echar un vistazo a sus intelectuales. Frente al cambio en la composición partidista de la institución legisladora del país, la Asamblea Nacional, que representa también la entrada de nuevos procedimientos y discursos a la política venezolana, vale la pena recordar una entrevista que el poeta Rafael Cadenas me diera en 2009. Sorprenden la vigencia de su declaraciones.
Foto: Pedro Andrés
Cortesía FIL Guadalajara
Entonces al poeta le preocupa el papel que habían asumido personalidades de la cultura frente al país político, y opinaba que no era el momento para hacer señalamientos. Por si acaso, se puso la mano sobre el pecho: “Muchos intelectuales atacaron implacablemente la política que existía antes de estos años. Creo que lo justo hubiera sido criticarla, se lo merecía, pero también había que defenderla. Yo incurrí en eso. Me refiero a ciertos párrafos de En torno al lenguaje”. La obra que cita Cadenas se publicó un lustro antes del Caracazo de 1989.
“Es que nadie pensaba en que el militarismo podía volver a señorear al país. También lancé dardos sin ningún miramiento contra la radio y la televisión. Hoy no lo haría: son bastiones de la democracia, muchos de los cuales ya han caído en operaciones heroicas del actual régimen”, reflexionaba entonces.
No hay mejor manera para mirar al futuro venezolano que tomando en cuenta las estrategias propuestas por sus pensadores. Ese año el autor de Los cuadrnos del destierro (1960)se adjudicó el Permio Internacional de Poesía Federico García Lorca y el Premio Andrés Bello de la Academia Venezolana de la Lengua.

-¿Qué es la palabra para Rafael Cadenas?
– La palabra me da mucho trabajo. No soy un potentado verbal. Mi lentitud es conocida. Ello a pesar de que uno vive estudiando su idioma, y es algo que también le recomiendo a mis paisanos. Se trata de una tarea de siempre.

– ¿Siente usted que en la Venezuela actual se ha vaciado a la palabra de su significado?
– Noto que sobretodo desde el poder hay mucha irresponsabilidad, seguramente deliberada, en el uso del lenguaje. Términos como “fascistas”, “traidores a la patria”, “terroristas” y otras lindezas, se les lanzan a personas que simplemente están en la oposición; y ésta, a su vez, debe ser cuidosa en el mismo sentido, aun empleando palabras fuertes, pero que correspondan a la realidad.

-¿Qué palabra necesita el venezolano hoy?
– Tal vez se necesitan varias palabras y podrían estar en esta frase como esta: convivencia dentro de la diversidad. Pero esto sólo es posible en democracia, que significa, según Fernando Savater, “renunciar a exterminar a los adversarios”, a lo que se puede agregar que un gobierno democrático tiene el deber de protegerlos. Para mí la democracia trasciende lo político. Se suele creer que ella es asunto exterior. Se equivocan, la democracia es algo interior, incluso espiritual. Mientras esto no se comprenda, seguiremos viendo demócratas exteriores, de los dientes para afuera, que en el fondo son personas autoritarias, y están en todas partes.

– ¿Cree usted en los premios? ¿Qué otro premio internacional le gustaría ganar?
– Yo no pienso en premios; al que escriba pensando en ellos es mejor que no le den ninguno. Lo que deseo es que el idioma me quiera, que me trate bien, que se acuerde de mí cuando vaya a repartir regalos, pero eso no es muy frecuente. Te voy a recitar unos versos que me dio:
“El idioma me olvida,
se cansa en los adentros.Consulto al cuerpo,Oigo su rotunda asesoría.
se zafa de dictados”.

– ¿Cree usted que el Premio Rómulo Gallegos?
– La literatura anda sola, con o sin premio.

– ¿Es la política editorial del Estado coherente con las necesidades de proyección nacional e internacional de nuestra literatura?
– Mucho de lo que publica el Estado es propaganda, a veces obras de personas muy inteligentes, pero estúpidas. Eso es un fenómeno que se ha señalado. El mundo, por ejemplo, vio a un genio como Sartre vendiendo en las calles de París un periodiquito de los maoístas. Después rectificó y se inclinó hacia la socialdemocracia. Camus tuvo más visión: dejó dicho que hoy "el escritor no puede estar al servicio de los que hacen la historia: el escritor está al servicio de los que la padecen".

– ¿La cultura venezolana pasa por un mal momento?
– Se atenta contra las universidades autónomas, la educación privada, la Constitución, las radios y las televisoras, los gobernadores, alcaldes y los obreros, todo ello por el afán de imponer unas ideas, un nuevo pensamiento, cuando lo que nos relativiza y nos humana es darnos cuenta de que estamos muy determinados por nuestra formación.

– ¿Hay en el proceso político venezolano la voluntad de exterminar al otro?
–Tal vez sabes que me ha dado por escribir frases que quieren ser aforismos. Recuerdo uno que viene al caso: “Lástima que las letras de la palabra enemigo no la ahoguen”. Ese rótulo vuelve destruible a cualquier ser humano. Justifica el crimen.

@michiroche


jueves, 3 de diciembre de 2015

Perderse en la soledad

Ambrosio Leda tiene que huir, dejando a su mujer y a su hija de siete años, porque va a ser encarcelado (“depurado” por cuestiones políticas), y se refugia en un lugar a medio camino de ningún lugar, no demasiado lejos, pues piensa que más bien cerca es donde no lo buscarán. El lugar es fantasmagórico, la Ciudad de Sombra. Se diría que se encuentra fuera del tiempo y del espacio. Ambrosio Leda vaga por esta ciudad como una sombra más y a cada paso se encuentra con personajes de extrañas cataduras en situaciones surrealistas, grotescas, absurdas, oníricas, divertidas, patéticas, fantásticas.
La soledad de los perdidos
Por ejemplo el inolvidable Carpo, joven que esconde el niño que fue, maltratado y explotado, y se desdobla en él (terrorífico) psicótico y bipolar. O Rufián Glauco, un piojo que acompaña al mendigo Valdesamario, el de la calle Confecciones y la Iglesia del Escapulario: el piojo trata de dar lecciones a Ambrosio Leda, pero este no se deja y le espeta que el tifus es lo que él transmite y no otra cosa. O Marcial Mansarda, que le ha quitado el collar al perro para ponérselo él, y que le pide a Ambrosio Leda que lo ayude a quitárselo y a ponérselo al perro de nuevo; pero el perro es un lobo, y Ambrosio sale y los deja a punto de devorarse: “No es lo mismo un perro que el fantasma de un perro. Tampoco un amo se parece al hombre que se pone el collar del perro”. Y así hasta el infinito, un encuentro tras otro, y Ambrosio Leda como descendiendo –en su deambular, en su sonambulismo—, adentrándose cada vez más en la niebla de su exilio.La soledad de los perdidos es una novela de una gran ambición literaria, de difícil comparación con otros productos de la literatura actual debido a que sus exigencias y aciertos superan con creces los de cualquier otra propuesta. Es una obra mayor de un autor que ya lo era por novelas anteriores –de hecho es uno de los pocos que ha obtenido dos veces el Premio de la Crítica—. Cervantino, Luis Mateo Díez parte de una gran memoria visual atesorada en los años de posguerra para hacer algo nuevo, distinto, que se sale del tiempo y crea su propio espacio literario mítico.
Bien podría interpretarse que La soledad de los perdidos versa sobre las emociones del exilado (más ahora, que tenemos imágenes frescas de quienes buscan refugio recorriendo Europa), aunque la novela trasciende en mucho cualquier posibilidad de conexión con una realidad tan prosaica. Es más una gran novela que una novela sobre algo, porque en ella se novela todo. Esto sí, Ambrosio Leda es un exilado en grado sumo, singularmente arquetípico. Pero también y sobre todo es un Orfeo que desciende por etapas al averno, personaje a personaje, situación a situación, mientras se encuentra en el vacío neblinoso de un profundo extrañamiento.